PIC: VICTORIA BONVICINI

Y alguien dice algo más. He dejado de escuchar hace un par de segundos porque mi atención está inmersa en la mancha que tienes en el iris derecho. La verdad, no recuerdo cuando fue la primera vez que te vi, pero no reparé en esa mancha. Lo bonito de la vida es que te sorprende cada día con algo nuevo, ¿no?

¿Cuándo te vi por primera vez? Creo que en el instituto. Llevabas el pelo más largo. Por aquel entonces estaban de moda los gorros de lana, con la marca en la frente. Me gustaría saber si aún lo conservas en tu armario. Es absurdo intentar trazar un patrón. Buscar una pista en ese recuerdo, con el gorro de lana pasando a mi lado. Algo que me hubiese indicado que me harías tostadas de aguacate los domingos cortada en rodajas redondas porque “es más fácil”. Que tendríamos discusiones eternas sobre como se pone el nórdico, si por encima o por debajo de al almohada (todo el mundo sabe que si la funda no va a juego, como es nuestro caso, va por encima). Que me preguntarías cada noche si me he acordado de poner el despertador. Y que tendríamos una regla absurda de que cada vez que alguien pregunta “¿Cuánto me quieres?”, la respuesta siempre sea un número mayor que la vez anterior (de hecho, vamos por los 3.000 M). Que me gustaría que tu forma de ir con los calcetines desemparejados a trabajar porque estás en un bucle del que no se puede salir sin andar sin calcetines una temporada. Que nos inventaríamos un idioma propio. Que tendríamos una canción, como la gente moñas.

Que me querrías 3.000 M. A mí.

Estoy casi a punto de decidir que tiene forma de berenjena cuando los demás se dan cuenta de que no estoy prestando atención y me preguntan dónde estoy. Viajando de 2004, más o menos, a este mismo instante.